Un viaje a Italia interrumpido

Un viaje a Italia interrumpido

Por: Pamy Rojas

Nunca había viajado a Italia. Ya estaba cansada de recortar fotos de revistas de La Fontana de Trevi, de la Toscana o de Capri y pegarlas en mi mapa del tesoro año tras año y soñar con ese viaje al país en forma de bota.

Hasta que algo se me movió adentro, como cuando encienden el interruptor de la luz, click. Empecé a planificar el viaje a Italia, antes de que me salieran más canas. Un viaje de un mes en Italia era la mejor forma de celebrar mis cincuenta años. Llegó el día, llegué a Roma y allí mismo empezaron las señales. Algo sucedería.

Me enteré en los Alpes Dolomitas. Ante una roca gigantesca, que en la mañana el sol pintaba de anaranjado, escuché aquellas palabras que hubiese preferido no oír jamás.

 —Es mejor que te sientes —me dijo mi esposo.

Los colores de las rocas en las dolomitas italinas cambian con el atardecer
FOTO: Pamy Rojas

Aquel viaje a Italia tomaría otro giro

Javier tenía en su rostro el mismo color grisáceo de la roca. Le bajaban gotas entre el cabello y las cejas. El sudor le llegaba hasta la barba y, a la misma vez, se le aguaban los ojos.

Nos acomodamos en un banco de madera que había en la glorieta de la villa de San Vito di Cadore. Frente a él, la pastelería donde habíamos desayunado. Frente a mi, la cadena de montañas. Javier movió los labios sin que se escapara ningún sonido. Noté que tragó. Se secó el sudor de la frente con el dedo pulgar. Mientras yo lo miraba fijamente, él cambió la vista hacia los comensales en la pastelería. Luego, me miró de nuevo.

El lago di braies es un lugar que no te puedes perder si viajas a Italia
FOTO: Gabriel Rodríguez Rojas

Aquellos segundos antes de que mi esposo me hablara duraron más que rezar todos los misterios del rosario. De solo mirar su expresión, estaba segura de que algo grave había sucedido. Solo dijo dos palabras:

—Tu papá.

En las Dolomitas me extirparon el alma

De repente yo no escuchaba nada, ni la voz de mi esposo, ni los sonidos que me acompañaban un momento antes en la pastelería donde habíamos desayunado: la melodía de la cuchara rozando la taza o las conversaciones en italiano a las que, aunque no entendiera, me gustaba prestarles atención. Tampoco sentía el aroma del pan, ni de las conservas del mercado que visité luego del desayuno. Mucho menos evoqué lo que aquel olor me había recordado: domingo familiar, casa de playa, mi padre en la cocina.

El viaje a Italia cambió mi vida por completo
Foto: Pamy Rojas

Miré hacia la roca, ya el sol la había arropado por completo. La montaña tenía el color del jugo que me acababa de tomar y, en ese momento, tenía deseos de vomitar. Todo en mi mente era neblina, como el bosque toscano de Pietraporciana un día de lluvia. No deseaba estar frente a Javier en ese momento. Odiaba a mi marido por haberme dado la noticia. Odiaba ese viaje Italia, el que había deseado tanto como un perro que saliva ante el pedazo de hamburguesa. Odiaba aquel paisaje tantas veces fotografiado.

Un cambio de dirección en el viaje a Italia

Cambié nuevamente la vista hacia Javier. Su voz me llegaba poco a poco, como el sonido del despertador en la mañana.

 —¿Nos vamos, amor? —dijo.

—Amor —repitió.

No respondí. Él colocó los brazos debajo de los míos y me ayudó a levantarme. Recosté la cabeza sobre su pecho. Me abrazó. Sentí que las piernas no me sostenían.

Debíamos regresar a Puerto Rico. Las Dolomitas quedaron atrás.

Los colores de val di orcia en la toscana son espectaculares
FOTO: Pamy Rojas

Atrás también quedaron los buenos momentos el recorrido en bote alrededor de la isla de Capri y el capitán que no dejaba de llamarme signora, los balcones colmados de trinitarias en Positano, la mejor lasaña que probé en el restaurante a la orilla de la playa, el árbol de ceiba (que crecería enorme) sembrado en el centro de la diminuta plaza, los nuevos amigos que hicimos en La Toscana, en la tienda de papelería de Cianchiano Therme.

Debut y despedida.

Adiós Italia.

Visitar Cinque Terre fue parte del viaje a Italia
Foto: Xaimara Rolón

En el camino de regreso a Milán sentía que en el pecho se me acumulaban los besos que me guardé, los abrazos que ahora pensaba nunca fueron suficientes y las llamadas que no hice a mi padre. Me cuestioné por qué estuve tanto tiempo en Italia y maldije el viaje, mi regalo de cumpleaños. En el auto solo se escuchaba el sonido de mi nariz al soplarla en el pañuelo.

La llamada, el pañuelo, mi amiga

Llamé a mi mejor amiga. Después de que le di la noticia y de que ella me diera el consabido pésame, me preguntó, casi sin poder hablar:

—¿Cuándo regresas?

—Espero conseguir un vuelo hoy mismo —contesté mientras soplaba mi nariz y la escuchaba a ella en el otro lado haciendo lo mismo.

—¿Qué le pasó?

—Fue de repente. No sufrió. Te llamo cuando llegue a casa.

—Te abrazo, amiga.

Cuando viajé a Italia visité Procida
Foto: Pamy Rojas

Mientras esperaba en el aeropuerto de Milán me puse a ver los videos del viaje. En uno de Roma, dos músicos empezaron a tocar A mi manera: “Y ahora sé, que fui feliz… que si lloré, también amé…” Yo me pasaba de vez en cuando la servilleta por el contorno de los ojos. El video lo había publicado en Facebook mientras estuve en el barrio Trastevere con un mensaje que leía:

Una cena exquisita en el restaurante La Scala. Y aparece este músico en la terraza… Entonces, una de las canciones preferidas de mi padre (tag) Fernando J Rojas, ¡te amo

Esa armonía sería el indicio de una serie de sucesos que me indicarían que, en efecto, algo le sucedería a mi padre.

Encontré otro video de cuando íbamos de Roma a Lucca en auto. Apareció nuevamente la canción, A mi manera, esta vez en la radio.

—Otra vez, ya me asusta —le dije a mi esposo en aquel momento.

—Es solo coincidencia —respondió.

Un video con todo el corazón

Tomé aquel video del trayecto, con la melodía de fondo, para enviárselo a mi papá por WhatsApp. Le escribí:

En todos lados tu canción. Te amamos.

 En el vuelo de Milán a Nueva York no pude dormir. Me puse a mirar las fotos del celular. Quería recordar los buenos momentos, deseaba aliviar aunque fuese un poco aquel dolor. Era como si me faltara un pulmón, se me hacía difícil respirar. En el teléfono encontré la traducción de un poema que había visto en el museo de Monticchiello:

La muerte de mi padre cambió aquella travesía italiana
Foto: Pamy Rojas

Cuando quieras verme mira en tu corazón y me verás porque no hay muerte para los vivos, porque somos ramas del mismo árbol que tiene sus raíces en el cielo”.

Estaba tan ensimismada leyendo que no me di cuenta de que sollozaba. Era como si tuviera cinco años y me hubiese caído de la bicicleta. Mis rodillas raspadas. Quería que mi papá me consolara, que me cargara, que pasara su mano sobre mi cabeza, que me diera un beso en la frente y que su barba me picara.
Levanté la vista y me percaté de que Javier estaba parado en el pasillo el avión. Me hizo señas con el pulgar hacia arriba, preguntando si estaba bien. Moví mi cabeza de arriba hacia abajo y sonreí sin enseñar los dientes.

 Al llegar al aeropuerto de Nueva York y ver mi cara en el espejo del baño pensé que había perdido diez libras. No había parado de llorar, por lo que me cuestioné si sería posible que al ser humano se le secaran las lágrimas.

Un viaje a Italia de mucho dolor
Quería que mi papá me consolara, que me cargara… FOTO: Fernando J. Rojas

En el viaje de Nueva York a San Juan decidí revisar las notas que había tomado en las vacaciones. Necesitaba cambiar un poco mi estado de ánimo. En mi diario de viajes había escrito sobre:

La vista de Roma desde el restaurante donde decidimos almorzar, localizado en la azotea del Hotel 47: las tejas de ladrillo, el río Tiber y el foro Boarium.

El niño que orinó en los escalones de la fuente en la Plaza Santa María del barrio Trastevere y me hizo reír tanto.

En Procida, el vino blanco con pedazos de melocotón que me preparó la mesera del restaurante frente a la playa, porque yo quería vino dulce.

Visitar la playa de arena negra de la película Il Postino y que Stefano, el dueño de la tienda de regalos localizada frente al muelle, se sorprendiera de que alguien de una isla tan lejana llegara hasta aquella otra isla.

Remar en stand up paddle en Scesta, encontrar Isola Santa entre las montañas y las esculturas de la plaza de Piedrasanta mientras visitamos la región de Lucca.

Fuimos de paseo en bote en Capri Italia
Foto: Pamy Rojas

El Bucket List hecho realidad

Además, se hacía realidad el collage con fotos de revistas que había creado en mi mapa del tesoro año tras año porque ahora lo marcaba como completado en mi Bucket List:

En Roma, recordar la línea de la película La Dolce Vita: Sylvia, ¿quién eres? en la Fontana di Trevi.

En La Toscana, la foto del camino de cipreses, probar el vino Nobile de Motepulciano y andar sin agenda ni itinerario por la región de Val d’ Orcia.

En Nápoles, tratar de comerme una pizza personal yo sola.

En Venecia, el clichoso paseo en góndola con la canción O sole mio de fondo.

Y otros tantos momentos en los que hasta mi hígado sonreía.

Los cipresses en la toscana de italia
Foto: Pamy Rojas

 

 

 

Al aterrizar en San Juan y, por supuesto, escuchar los aplausos de los pasajeros, me sentí en casa. A pesar de que andaba como adormecida, como si hubiese despertado de una operación donde me extirparon el alma, estaba aliviada de haber llegado. Mientras esperábamos las maletas, Javier no soltó mi mano.

Cuando salí del aeropuerto y sentí la humedad y el calor de mi tierra me di cuenta: el viaje a Italia y todo lo que viví antes de la noticia me prepararon para lo que venía.

 Aún así, todavía quiero que mi padre me consuele.

Todavía quiero que mi padre me consuele.
FOTO: Javier Vélez

El viaje a Italia y todo lo que viví

antes de la noticia me prepararon

para lo que venía.


Isola Santa fue parte de mi viaje a Italia
Luego de mucho buscar, encontramos Isola Santa, en el medio de la nada. FOTO: Alejandro Rodríguez Rojas


Viajamos a Italia para mi cumpleaños y allí fuimos a Pietrasanta
Las esculturas en la plaza de Pietrasanta. FOTO: Pamy Rojas


La lasaña más rica la probé en aquel viaje a Italia
En Positano probamos la mejor lasaña. FOTO: Pamy Rojas

Si no tomas vino en Italia no has viajado
En Procida, el vino blanco con pedazos de melocotón que me preparó la mesera del restaurante frente a la playa, porque yo quería vino dulce. FOTO: Xaimara Rolón

Mi esposo fue de gran apoyo en el viaje a Italia
En Venecia, el beso bajo el puente. Te amo esposo. FOTO: Gabriel Rodríguez Rojas

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