La otra cara de Roma

La otra cara de Roma

Era el segundo día de viaje y tenía tanta energía que podía alumbrar el barrio Trastevere. Disfrutaba como si fuera una niña lapachando en el fango luego de un aguacero. Algo tan simple como ver a un muchacho pasear el perro por la plaza Santa María me hacía sonreír.

Había viajado a la ciudad eterna con Javier, mi esposo, Ale, mi hijo mayor y nuestra amiga Xai. Era la primera vez que visitábamos la capital de Italia. La tarde caía en este barrio de callejuelas íntimas; como si se relajara al igual que la jibia, ese molusco que muestra sus colores según el estado de ánimo. El verde de la enredadera colgada de un lado a otro de la calle se ablandaba. La lámpara en la fachada desteñida se encendió mientras la luz natural se encogía como si fuese un moriviví. Los sonidos se avivaban: voces, risas, música, copas, bandejas. Las mesas que estaban colocadas fuera de los restaurantes se empezaban a llenar.

El verde de la enredadera colgada de un lado a otro de la calle se ablandaba .

El verde de la enredadera colgada de un lado a otro de la calle se ablandaba.

Al pasar frente a una gelatería muy cerca de donde nos estábamos hospedando, no pude contener mis deseos.

—¿Quieres amor? —pregunté a mi esposo.

—¿Antes de cenar?

—Sí, no puedo esperar —contesté en ese tono urgente y casi cantado como si fuera una niña de tres años; hasta doblé un poco las rodillas, junté mis manos e hice el piquito de pato.

Gelato en Italia, en Roma, en Trastevere. Lo había imaginado infinidad de veces mientras planificaba el viaje. Me senté en un banco afuera de la gelatería a degustar la barquilla, el barrio y aquel instante. Llegaban poco a poco jóvenes, quizás locales o igual turistas, que aparecían en grupos de cinco o seis, todos abrazados, riendo, cantando, listos para callejear por el distrito. Esa noche cenamos en la terraza de un restaurante frente a la plaza Santa María con la melodía A mi manera de fondo, interpretada por los músicos que entretienen en la calle, te sacan una sonrisa y luego pasan un sombrero. Entre el espagueti a la carbonara y la pizza margarita brindamos por la compañía y por el viaje que acababa de empezar. Los colores tibios de las calles, el sabor infantil del gelato y la respiración del barrio me colmaron de una Roma que empezaba a conocer.

Selfie con los gelatos.

Selfie con los gelatos.

Al día siguiente fuimos al Coliseo Romano. Habíamos comprado con anticipación los boletos para evitar las filas y la espera bajo el sol.  Cerca de la entrada se veían varias colas y demasiada gente. Había una línea de un grupo que seguía una bandera roja y otra que iba detrás de un oso de peluche amarrado a un palo de escoba. También estaban los que no perdían de vista al guía que usaba una sombrilla multicolor y los que perseguían a otro que llevaba una vara con una bandera minúscula ondeando en el tope; que más bien parecía una caña de pescar con todo y carnada.

Nos hicimos paso entre las colas eternas para entrar al anfiteatro mostrando el documento mágico: taquillas compradas por internet. Pasamos por la fila expreso. Yo me sentía muy confiada con aquel papel que nos ahorró horas de espera bajo el sol, hasta que llegué a la boletería, muy bien ubicada bajo techo y cobijada entre las paredes de este Patrimonio de la Humanidad.

—Pasaporte por favor —pidió el empleado hablando inglés. —Estos boletos nos son válidos para ellos —dijo, luego de revisar los pasaportes de Alejandro y Xaimara.

—¿Por qué? —cuestioné asustada.

—El boleto que compró a precio especial era para ciudadanos europeos de veinticinco años o menos, no para americanos.

—¿Puedo pagar la diferencia? —pregunté con desesperación. Obviamente no había leído las letras pequeñas cuando los conseguí por internet.

—No, usted tiene que comprar boletos nuevos.

—¿ Y los puedo comprar aquí? —pregunté casi rogando. Pensé que si tenía que hacer la fila de afuera, de seguro que se me quitarían los deseos de entrar.

Afortunadamente se podía, así que adquirí boletos nuevos allí mismo, no tuve que esperar y me quedé bajo la sombra.

—Deberían incluir, en letras rojas bien grandes, esa información en su website —le comenté a mi esposo, bastante molesta, en volumen alto y hablando en español.

—Lo tomaremos en consideración señora —me respondió el empleado, en el mismo idioma.

Quise que una de aquellas columnas se abriera y me tragara, como las de la estación del tren para llegar a Hogwarts. No se abrió la pared de piedra, pero pudimos entrar por fin. Mientras subía la escalera me quedé con la sensación de que vendría alguien a sacarme de allí por bocona. Las paredes inferiores del hemiciclo eran obstruidas por la multitud que, como nosotros, había comprado las taquillas con anticipación y tampoco había hecho fila. Acababa de entrar pero ya quería irme; caminar por el lugar era como tratar de hacerse paso en el metro de Nueva York a la hora pico. A pesar del gentío pude notar el enorme edificio ovalado y su arquitectura, los arcos, las bóvedas, los pasillos, las gradas y el laberinto subterráneo. También se veían los otros turistas haciendo lo que se hace en esos lugares: mostrar los dientes, pararse de lado para verse más esbelto, inclinar la cabeza hacia un lado, colocar la cámara de espalda al sol, buscar otra foto más allá donde no hay tanta gente. Yo no me sentía con ganas de posar para las fotos entonces sonreía con las muelas de atrás; fingido, sin ganas. Pensé que era porque no soy fan de ver piedra, cemento o edificios que, para mí, no tienen vida. Habíamos llegado a Roma el día anterior y tomaríamos un tren para Nápoles al otro día, pero yo sentía que no podía irme sin ver aunque fuese un solo monumento histórico. Así que allí estaba; haciendo caso a las muchas listas que encontré de las diez cosas que no te puedes perder en la ciudad para no sentir que estaba perdiendo el tiempo.

Imaginé los juegos y las celebraciones bárbaras que allí se llevaron a cabo: gladiadores, leones, panteras, rinocerontes y demasiada sangre. “¿Por qué de todos los lugares para ver escogí este?”, pensé. Me remonté a cuando tenía quince años y fui con mis padres a una corrida en Madrid. El toro embistió al caballo lanzándolo por los aires, luego vino la estocada al bovino y el líquido rojo en la arena. Los espectadores aplaudían y celebraban, mientras mi estómago brincaba por aguantar las ganas de llorar. También reviví la única pelea de gallos que he ido en mi vida, a la que me llevó un antiguo pretendiente (esa fue la primera y única salida que tuvimos). “Es tradición de mi país”, recuerdo haber pensado cuando accedí a ir. No me quité las gafas mientras estuve allí y me senté en los asientos más altos del lugar, lejos del ruedo donde ocurriría la masacre. El público, la mayoría hombres, le gritaba a las aves: “Dale, dale, mátalo…” Los gallos se picoteban en la cabeza y aleteaban a la misma vez. Algunas plumas se encrespaban en el cuerpo mientras otras caían al suelo. La sangre manchaba el redondel verde sobre el cual uno de los dos gallos se desplomaría muerto. Todo ese tipo de barbarie me hacía recordar a las matanzas de delfines en Japón o los experimentos con monos, ratones y conejos.

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El Coliseo Romano es valioso por su historia, por su arquitectura y porque es uno de los monumentos más famosos de la Antigüedad Clásica. Es una edificación preciada y digna de conservar, de eso no hay duda, pero no puedo pasar por alto que allí murieron un millón de animales y cuatrocientas mil personas; la isla de Guadalupe completa asesinada entre esos muros. A mis ojos de este tiempo, cada piedra de ese anfiteatro está bañada de salvajismo y demasiada inhumanidad. Yo pensaba que era un espacio sin vida, pero no, se necesitaría tener prendidos, día y noche y por más de un siglo, ramilletes de salvia para limpiar la energía que emana de allí. Me sentí como un ave migratoria percibiendo un campo magnético. Lo mismo me pasó en la Muralla China; el mayor cementerio del mundo. Nunca pensé que la visita a este lugar me dejara como si me hubiesen exprimido todas las ganas de reír. Ya Roma no me sabía tanto a gelato de chocolate.

Después del Coliseo la misión era encontrar la Cloaca Máxima. Con tanto sitio de interés turístico que ver en Roma, nosotros optamos por una alcantarilla. Pero existía un buen motivo: tenemos una compañía de asesoría ambiental en la que mi esposo trabaja varios proyectos para ayudar a prevenir la contaminación de aguas pluviales; que bajan por la alcantarilla directo al mar. Para el biólogo con quien estoy casada ver un desagüe tan antiguo era lo que descubrir un yacimiento para un arqueólogo.

Buscamos el lugar por un rato, pero no lo encontramos. Decidimos entrar a un restaurante que estaba localizado en la azotea de un edificio para descansar un poco y de una vez almorzar. Cuando llegamos al tope, pudimos apreciar la vista de Roma, las tejas rojizas, el río Tíber y el foro Boarium; que era un antiguo mercado de alimentos durante el Imperio Romano. El contraste del ladrillo de los techos con el azul del cielo eran una foto enmarcada en el lente de la cámara que no tendría que editar. La brisa rozaba mi mano cuando levanté la copa de vino blanco e imaginé la uva mojada por la lluvia antes de ser cosechada. Mis labios se unieron a ese cáliz, el líquido carnoso entró a la boca y descansó por unos segundos. Me tragué el vigoroso morapio y mientras bajaba por la garganta, advertí que saboreaba nuevamente la Roma del barrio Trastevere y del gelato de chocolate. Aquel almuerzo en el país que siempre soñé visitar junto a los míos borró por completo los gladiadores, los leones y la vibra del anfiteatro.

y mientras bajaba por la garganta, advertí que saboreaba nuevamente la Roma del barrio Trastevere.

y mientras bajaba por la garganta, advertí que saboreaba nuevamente la Roma del barrio Trastevere.

Cuando terminamos de almorzar, preguntamos al mesero si sabía donde era la Cloaca Máxima y él nos explicó cómo llegar. Nos dirigimos al Puente Palatino que cruza el río Tiber. El agua arrastraba botellas plásticas; que son tan eternas como la ciudad Romana. Entonces nos asomamos y lo vimos: un gigantesco y profundo desagüe que adentro tenía un arco y encima de éste una plataforma. Antes de que pudiéramos encontrar cómo acercarnos más Xaimara comentó:

—¿Qué son esos bultos de diferentes colores?

—¿Son bultos? Se están moviendo… —dijo Alejandro.

—Son personas… —comentó Javier mientras se pasaba la mano por la frente; siempre hace ese gesto cuando está preocupado.

—No puede ser —dije sorprendida. —¿Vivirán ahí?

—Parece, mira las mochilas y los bultos alrededor.

—También hay como colchas en el piso. ¿Las ven? —notó Ale.

 Nos quedamos en silencio. Quise pensar que las monedas que recogen por las noches en la Fontana di Trevi se las dan a estas personas que –según presumí– no tienen donde vivir y llevan sus pertenencias en una mochila. Acercarse a ver la Cloaca de cerca hubiese sido una intromisión de nuestra parte.

Regresamos en silencio al apartamento de Trastevere. Javier, Ale y Xai se quedaron tomando una siesta y yo me fui a caminar hacia la Plaza Santa María. Todavía tenía la imagen de aquella gente refugiándose en una alcantarilla. El nombre del lugar me resonaba lacerante y en el pecho sentía la injusticia. Quería respirar. Ya era tarde y el sol iba bajando. Los colores del atardecer regresaban a adornar los edificios. El verde de la enredadera colgada de un lado a otro de la calle se ablandaba nuevamente. Por el balcón de uno de los tantos edificios medievales se afinaban los rojos y anaranjados de las flores desparramadas. La dulzura del barrio me calmaba mientras recordaba el día anterior: la sensación inocente del gelato, la tibieza de la luz en las casas y el sonido de la vida en Trastevere.

Cerca de la plaza encontré una tienda. Tenía afuera un despliegue de postales que parecían llamarme. Observar las figuras, los colores y las letras de aquellas tarjetas me atraía como el baile, los saltos y el despliegue de plumas de un ave de paraíso enamorando a su hembra. Normalmente, evito caer en consumismo tanto cuando viajo como en mi vida en general. Sin embargo, soy pecadora cuando se trata de las postales –y de libros también–. No tendría que confesarme ni hacer penitencia porque sé que el 90% de la deforestación es causada por prácticas agrícolas insostenibles y no por la industria de papel, así que engroso mi biblioteca sin remordimientos y disminuyo el consumo de carne.

No las abracé, pero sí las olí y las puse rápidamente en el bolso, antes de sucumbir a la tentación de besarlas.

No las abracé, pero sí las olí y las puse rápidamente en el bolso, antes de sucumbir a la tentación de besarlas.

Evité llevármelas todas. Solo me compré media docena: las que tenían una foto en blanco y negro de escenas de la película La Dolce Vita, otras con acuarelas de las calles de Trastevere y algunas con ilustraciones que parecían sacadas de un cuentos para niños y decían: Ciao Roma o Amore mio. Las guardé en la bolsa de tela que siempre llevo a mi viajes, para no tener que usar las de plástico que todavía dan en algunos establecimientos. De repente me sentí pequeña de nuevo. Reí para mis adentros con los ojos achinados, los hombros levantados y los dedos sobre mis labios; como si acabara de hacer una travesura. Incluso escondí las postales en el bulto de mi cámara. Sentada en los escalones de la fuente de la plaza, decidí sacar las tarjetas para verlas de nuevo. Estaba tan contenta con aquella compra que hasta tenía ganas de apretarlas a mi pecho. No las abracé, pero sí las olí y las puse rápidamente en el bolso, antes de sucumbir a la tentación de besarlas.

El idilio con aquellos pedazos de papel fue interrumpido por un niño que se bajó los pantalones y orinó justo a mi lado.  Tuve que moverme para que no me salpicara. Tapé mi boca, no quería que me viera riendo. El pis corrió por el suelo hacia mis zapatos.

Antes de pisar los orines, me levanté y fui hacia la Basílica de Santa María. En la entrada había una anciana vestida de negro. La palma derecha rogaba y en la otra mano sostenía un vaso con limosnas; donde guardaría las monedas que le di. Noté que tenía la blusa rota y el color oscuro desvanecido; que rayaba en un tono grisáceo apenado. Ella trataba de levantar la cabeza, pero la joroba la inclinaba desde la cintura. Me di cuenta de que todavía la miraba. Me pregunté dónde viviría o si conocería a alguien que se refugiara en la Cloaca Máxima.

Entré a la basílica escapando, como ese gesto de mirar para el lado cuando no queremos ver la realidad. El lugar olía a una madera que da refugio y al sándalo que ofrece tranquilidad. Aunque no soy de rezar, prendí una vela y pedí por ella. Me pregunté por qué la señora no entraría. Caminé entre las columnas, vi esculturas de santos y el sagrario, todo acomodado como tejido de gingham. Recordé la camisa descosida de la mujer. Noté en la cúpula un mosaico que tenía más colores que el mercado de Campo de Fiori. Pensé otra vez en la anciana, en los tonos fúnebres de su falda. El campanario anunció la hora. Salí de allí a buscarla, quería desbordar su vaso con euros, llevarla a almorzar, que se bañara en mi apartamento. No la encontré. ¿Cómo podía regresar a la dolce vita?

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